Reseñas del Corazón Delator

Reseñas del Corazón Delator Un blog donde lo macabro late con fuerza.Analizamos el horror en la literatura, el cine, la música y el arte, desenterrando las verdades más inquietantes que yacen bajo la superficie. ¿Oyes ese latido…?

  • Eran las dos de la madrugada en las calles de La Habana. Solo se escuchaba el sonido del viento y, de vez en cuando, a lo lejos, se veían las luces fugaces de algún auto que se alejaba a toda velocidad hacia su destino.

    Ella había llegado caminando desde el aeropuerto con su padre hasta una de las paradas en Boyeros, con la esperanza de tomar un ómnibus o un taxi, lo que llegara primero. Cansada después de un vuelo agotador y muy retrasado, se sentó un momento en lo que quedaba de un banco, en una parada casi destruida por el tiempo. Cerró los ojos y suspiró suavemente mientras su padre miraba a lo lejos, tratando de divisar algún transporte que pudiera llevarlos a casa.

    Abrió los ojos lentamente y buscó con la mirada a su padre para ver si había tenido suerte. Para su sorpresa, no lo vio en el lugar donde lo había dejado segundos antes. Sin alarmarse, se puso de pie, tomó la mochila que llevaba y caminó un poco hacia adelante; quizás su padre se había adelantado a revisar algo.

    Se detuvo.

    Miró hacia la izquierda.

    Hacia la derecha.

    Pero no vio nada.

    «Quizás dobló en la esquina», pensó, tratando de mantener la calma. Decidió caminar un poco más. No había avanzado mucho cuando escuchó un ruido provenir de una de las casas. No le dio importancia y continuó, pero entonces un extraño aullido la paralizó. Sentía que la observaban desde algún lugar al otro lado de la calle. Una parte de su razón se resistía a mirar hacia el origen de aquel sonido, al que se negaba terminantemente a aceptar como un aullido.

    «Esto es como una película de terror. Solo debo ir en dirección contraria al sonido, dirección contraria», pensó.

    De pronto, cuando se disponía a poner en práctica su plan de escape, escuchó las pisadas de alguien —o algo— corriendo hacia ella. En ese momento, un espasmo le recorrió toda la columna vertebral. Se encontraba en una de esas situaciones que en el momento parecen inexplicables, y luego no son más que una tontería. ¿Por qué iba a tener miedo si estaba en medio de una calle iluminada?

    «Aunque con una luz que parpadea», pensó, siendo un poco negativa.

    Suspiró y se dijo que estaba a punto de cometer conscientemente el mayor error de su vida. Se colocó la mochila en la espalda y observó detenidamente a su alrededor. Frente a ella se veía una línea de tren que cortaba la calle en dos, bordeada por una hierba bastante espesa para estar en medio de la ciudad. A la derecha se erguían dos edificios antiguos que parecían lamentar el paso de los años, con capas de cemento caídas que formaban figuras a las que su imaginación dotaba de un aire siniestro. Las puertas de metal parecían chirriar al compás del viento. Era una escena dantesca.

    Volvió a escuchar las pisadas, ahora más cerca. Reunió todo su coraje y se dirigió hacia el edificio que tenía frente a sí. Al llegar, decidió rodearlo y descubrió un pasillo lateral por el que una persona podía caminar. Tomó el celular y encendió la linterna cuando el camino se tornó tan oscuro que no podía ver nada. Llegó entonces a un patio que parecía unirse al hierbazal que bordeaba la línea del tren.

    Sintió que algo se movía entre la hierba.

    «Sentido común», se dijo. «Aquí no hay nada. Regresemos».

    Pero el sonido insistió, como pidiéndole que se acercara.

    Sorprendida por su propia estupidez, se acercó a las hierbas y, agachándose un poco, miró.

    Por unos segundos, se quedó pasmada, inmóvil. Lo único que escuchaba era su propio corazón, latiendo a la velocidad del sonido. Unos ojos amarillos y desafiantes la observaban fijamente.

    Ella dio un paso atrás lentamente y salió disparada, corriendo al mismo tiempo que un perro de casi dos metros de altura se abalanzaba sobre ella. Corría desesperadamente; lo escuchaba aullar tras de sí. Miraba de vez en cuando hacia atrás y, sin importar cuánto corría, cada vez lo veía más cerca. Le parecía verlo correr sobre dos patas, amenazándola con las garras de sus patas delanteras.

    Estaba exhausta. Sentía las gotas de sudor correr por su frente y caer sobre sus ojos, nublando su visión. Ya no podía más; estaba a punto de darse por vencida. Miró por última vez a su perseguidor y lo vio saltar hacia ella. Le pareció verlo alcanzar la enorme y redonda luna blanca antes de precipitarse sobre su cuerpo… y entonces cerró los ojos con fuerza.

    —¡Despierta, despierta!

    Abrió los ojos y comenzó a distinguir el rostro de su padre, que sonreía.

    —¿Cómo puedes dormir en un lugar así?

    Ella se quedó aturdida, y entonces escuchó los ladridos de un pequeño perrito que estaba sentado a su lado.

    —Fue un sueño —dijo.

    —¿De qué hablas? —preguntó su padre.

    —Nada. Pero creo que por ahí viene un auto.

    Entonces, ambos vieron acercarse una radiante luz que, en la parte lateral del carro, dejaba ver una calcomanía de un enorme lobo.

  • «¡Me pegué!» fueron las palabras que la recibieron en la puerta de su casa, al llegar desde el patio de sus vecinos.

    «¡Coño! Tú siempre ganas, pa’ mí que estás haciendo trampa», continuaron las voces, cada vez más altas. Miró a su alrededor para ver las pequeñas casas de madera que se apretaban unas contra otras en un esfuerzo por mantenerse en pie. El pasillo, frente común para todas las casas, estaba lleno de colillas de cigarros, papeles y otros desechos que le recordaban que se encontraba en un lugar donde se compartían todos los aspectos de la vida, incluso los más vergonzosos.

    Sin querer que nadie la detuviera, abrió la puerta con el mismo movimiento seguro que llevaba haciendo desde que podía recordar. Entró en la casa a oscuras y cerró la puerta tras de sí, quedándose en la penumbra, bañándose con la tranquilidad que le brindaban la ausencia de luz y la humedad —provocada por estar la casa en una zona baja y rodeada de muchas otras viviendas. Dejó el bolso encima de la mesa y se volteó hacia el refrigerador, que se encontraba contiguo a la puerta; tomó una botella de whisky que le habían regalado —todavía podía ver el moño rojo en forma de flor ahorcando el cuello de la botella. Tomó uno de los vasos de la vitrina empotrada en la pared a su izquierda, cuyas puertas de cristal mostraban una exuberante colección de vasos y copas. Continuó el camino hasta su habitación con las provisiones en las manos. Antes de abrir, se sirvió un gran trago y empujó la puerta con la punta del pie.

    Se quedó quieta, segura de que había omitido un latido de su corazón y de que el aire ya no llegaba a sus pulmones. Frente a ella podía observar a una mujer totalmente desconocida. Llevaba el pelo enmarañado, con rizos negros cayendo sobre los hombros. Su piel mestiza, quemada por el sol, se veía demasiado oscura, con una tonalidad de café con leche. Vestía unos jeans azules desgastados, que amenazaban con romperse por las rodillas y en otros lugares, y una camiseta negra ajustada al cuerpo que dejaba ver los kilos de más en su abdomen. Una camisa rosada a cuadros parecía tener la intención de protegerla del sol, pero solo aumentaba el peso que doblaba sus hombros, haciéndola parecer más vieja de lo que era.

    Su rostro tenía una expresión de cansancio que la hizo molestar; sus ojos demostraban desprecio y decepción. El enojo comenzó a crecer desde su estómago, que se retorcía, hasta su cara, en la cual comenzaba a sentir un extraño calor. La mujer frente a ella le hablaba, le recriminaba por ser cobarde, por no ser capaz de tomar las riendas de su vida. Le preguntó si esa era realmente la vida que había soñado cuando se había adentrado a estudiar una carrera universitaria. No podía comprender cómo era capaz de abandonar todas sus ideas antes de terminar, por qué no lograba hacer algo sin estropearlo a mitad del camino, por qué no tenía el valor de enfrentarse a sus propios problemas y se escapaba de todo, tratando de resolver los de otro. «Ni que fueras María Teresa de Calcuta», fueron las palabras que escuchó claramente.

    Observó cómo la mujer que tenía frente a sí sorbía un trago de whisky al mismo tiempo que ella. «Patética». Esa palabra resonó en su cerebro, chocando de una esquina a otra, trasladándose por cada terminal nerviosa. Volvió a mirar a la mujer y esta vez intentó defenderse; no le debía explicaciones a nadie, pero por algún motivo no quería que aquella extraña ganara la discusión. Había elegido una forma de vida y, aunque no había nadie con quien compartirla, estaba orgullosa de lo que había logrado. Tenía muchos amigos que daban la vida por ella y una familia que la adoraba. Una carrera y un trabajo. Eso era más de lo que muchos podían pedir.

    La intrusa la miró con rabia mientras echaba su pelo hacia atrás con un gesto de la mano que la hizo parecer la malvada de una telenovela; vio rabia en sus ojos. Le gritó que si con eso era suficiente, que si era una persona conformista. No solo era cobarde, sino también incapaz de reconocer sus propias ambiciones. Incapaz de admitir que quería sobresalir, que quería ser lo suficientemente buena en algo como para que las personas la reconocieran. Incapaz de ver que tenía necesidad de atención, de que le dieran a ella en vez de entregar todo de sí sin pedir nada a cambio. De ser una mujer firme, segura de sí misma, autosuficiente. Incapaz de reconocer sus propios defectos, abrazarlos y usarlos en su propio beneficio.

    Todo eso era su culpa, por no conocerse a sí misma.

    La mujer se calmó, cerró los ojos y suspiró pesadamente. Los abrió y supo que había logrado lo que quería: la había dejado ganar. Sonrió con malicia. Miró detenidamente el vaso de whisky que permanecía en su mano y se lo lanzó con toda su fuerza a la que estaba frente a ella. Entonces, desde el piso, los cristales rotos reflejaron la luz de sus ojos y el movimiento de su cuerpo mientras se alejaba.

  • Una Curiosidad de la Infancia

    Desde pequeña, mi atención siempre fue capturada por lo antiguo, por lo que ya no existe. Esa fascinación, con el tiempo, se transformó en una atracción por la muerte y la idea de la finitud. Lo que comenzó como una curiosidad un tanto macabra, con los años descubrí que tenía nombre y era una poderosa manifestación artística: el arte de lo macabro.

    Este concepto se centra en la muerte, la descomposición y la inevitable podredumbre que marca el fin de la vida. Su esencia es la contemplación lúgubre, y a menudo moralizante, de nuestra propia mortalidad.

    Los Orígenes: Nacido de la Peste y la Piedad

    El tema macabro, tal y como lo conocemos, surgió con fuerza a finales de la Edad Media. Un caldo de cultivo perfecto, influenciado por tragedias como la Peste Negra, que diezmó poblaciones enteras. Órdenes mendicantes, como franciscanos y dominicos, utilizaban estas imágenes crudas en sus sermones para advertir sobre los pecados. Incluso recibió influencias paganas y orientales, como las danzas de esqueletos budistas.

    La palabra «macabro» proviene del francés antiguo macabré, y está intrínsecamente ligada a la alegoría medieval de la Danza de la Muerte (Danse Macabre). En estas representaciones, la Muerte, personificada, guía en una danza fúnebre a personas de todas las clases sociales—desde el papa hasta el campesino—hacia la tumba. Era un recordatorio democrático y aterrador: la muerte nos iguala a todos.

    La Esencia de lo Macabro: Más Allá del Susto

    Para entenderlo en profundidad, podemos desglosar su ADN conceptual en varios pilares:

    • Memento Mori («Recuerda que Morirás»): Este es su lema central. La función no es solo asustar, sino recordar al espectador su propia mortalidad y la vanidad de las cosas terrenales.
    • La Representación de la Corrupción: No hay lugar para la vitalidad. El arte macabro muestra el cuerpo en descomposición, los esqueletos, los gusanos y las tumbas. Es la cruda exhibición del resultado final de la vida.
    • Un Tono Solemne y Lúgubre: A diferencia de lo grotesco, que puede ser cómico, lo macabro rara vez lo es. Su tono predominante es la seriedad, la melancolía, el horror y, a veces, una paz sombría.
    • Una Lección de Moralidad: Frecuentemente tiene una intención moral o religiosa: advertir sobre los pecados y la fugacidad de los placeres mundanos.

    La Danza de la Muerte: El Gran Igualador

    La Danza Macabra es la máxima expresión de este género. Funciona como una sátira social poderosa que muestra a la Muerte como el gran igualador. Un esqueleto danzante puede tomar de la mano por igual a un rey, un comerciante o un mendigo. Esta visión niveladora era especialmente relevante en periodos de crisis como la Peste Negra, donde el estatus social nada significaba frente a la enfermedad.

    Estas representaciones, con sus cuerpos en putrefacción, gusanos y sudarios harapientos, buscan impactar visualmente y grabar a fuego en la mente una idea: la vida es fugaz.

    La Función Didáctica: Un Sermón en Imágenes

    Más allá del impacto visual, esta obra cumple una función didáctica y moralizante. La Danza Macabra es, en esencia, un memento mori visual. Se vincula con tópicos literarios profundos como el ubi sunt («¿dónde están?»), el vanitas vanitatum («vanidad de vanidades») y el contemptus mundi («desprecio del mundo»), todos clamando sobre la inutilidad de los placeres terrenales frente a la certeza de la muerte.

    Evolución y Legado: Del Fresco al Heavy Metal

    Como ocurre con las grandes manifestaciones artísticas, el tema macabro no se estancó. Sufrió un proceso de expansión natural hacia distintos soportes y géneros:

    • Artes visuales: Pinturas murales en cementerios e iglesias, y grabados xilográficos como los famosos de Holbein.
    • Música y teatro: Desde el teatro litúrgico hasta compositores como Saint-Saëns y Liszt, quienes llevaron la Danza Macabra a la partitura.
    • Literatura: Desde la Danza General de la Muerte española hasta las obras de García Lorca o Emilia Pardo Bazán.

    Y su legado perdura con fuerza en la época contemporánea. La encontramos en la música clásica, pero también en el heavy metal de bandas como Iron Maiden; en el cine de autores como Ingmar Bergman, y por supuesto, en las animaciones de Disney, donde los esqueletos danzantes siguen fascinando a grandes y pequeños.

    Conclusión: La Invitación Sigue en Pie

    «Baila conmigo, esqueleto» no es solo una frase evocadora; es la invitación permanente que el arte macabro nos extiende. Una invitación a reflexionar, a aceptar nuestra finitud y a recordar que, en la gran danza de la existencia, la muerte es un compañero de baile que, aunque temido, le da un significado profundo y preciado a cada paso que damos. Su eco resuena through los siglos, demostrando que contemplar el fin, es también una forma de entender la vida.

    Referencias Cruzadas:

    • González Zymla, Herbert: La danza macabra, Revista Digital de Iconografía Medieval, vol. VI, nº 11, 2014, pp. 23–51.
    • Chicote, Gloria: Danzas de la muerte, en Diccionario Español de Términos Literarios Internacionales, CSIC, 2015, pp. 1–14.
    • Saint-Saëns, Camille: Danse Macabre (texto introductorio para estudiantes).
  • ¿Alguna vez has pensado que eres raro porque te gustan las cosas oscuras, sangrientas, fantasmagóricas? ¿Has pensado que eres diferente y cool, o que eres raro y socialmente ¿Incomprendido?

    Pues déjame decirte que ni raro, ni diferente, ni socialmente incomprendido.

    Todos los seres humanos sienten una rara atracción por lo macabro. No obstante, en diferentes contextos históricos y sociedades, expresar abiertamente este gusto ha sido mal visto; mientras que, en otros momentos y lugares, ha formado parte de tradiciones y costumbres arraigadas.

    Según el estudioso de la biología del comportamiento Colton Scrivner, en entrevista para la BBC, todos tenemos interés por lo desagradable en un grado u otro. Esto se ha denominado «curiosidad macabra». Tener curiosidad por lo que provoca miedo o por lo misterioso es una manera subconsciente de aprender sobre esos riesgos para poder evitarlos.

    De acuerdo con Scrivner, esta curiosidad por lo morboso es tan antigua o más que los registros humanos sobre ella. Aunque no está claro cuándo surgió entre los humanos, su manifestación es de larga data. Muchas son las evidencias y registros históricos que lo demuestran: el Coliseo romano, estadio donde se pagaba para ver combates y otros tipos de espectáculos violentos y sangrientos, es un ejemplo claro.

    En épocas modernas, la literatura, el cine, la televisión, las salas de combate (boxeo y artes marciales) o los parques de diversiones con casas embrujadas o juegos de escape, son un reflejo no solo de la persistencia de esta curiosidad, sino de cómo varía en dependencia de las culturas y sociedades.

    A partir de los estudios de Scrivner se identifican cuatro categorías en la curiosidad macabra: lo paranormal, la repulsión corporal, la violencia y las personalidades peligrosas. Además, demostró diferencias obvias de tolerancia según las ocupaciones de las personas. Por ejemplo, un cirujano tiene alta tolerancia a la repulsión corporal, y un policía, a las personalidades peligrosas.

    Esta curiosidad también nos permite identificar y crear mecanismos de defensa. Nos hace reconocer el peligro y evadir ciertas situaciones, creando sensaciones de empatía o repulsión.

    Y si lo miramos por otro lado —un tanto macabro y morboso—, también se ha convertido en la oportunidad de oro para muchos negocios en la industria del entretenimiento. No importa cuánto miedo provoque: todos esperamos el 31 de octubre para celebrar Halloween, y los cines se llenan en los estrenos de películas de terror.

    Así que la próxima vez que alguien te llame «raro» por tu fascinación por lo oscuro, recuerda: no es una rareza, sino un rasgo profundamente humano. Es esa misma curiosidad la que nos ha permitido sobrevivir, aprender e incluso entretenernos frente a lo desconocido. ¿No es, acaso, maravillosamente contradictorio?

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