
Eran las dos de la madrugada en las calles de La Habana. Solo se escuchaba el sonido del viento y, de vez en cuando, a lo lejos, se veían las luces fugaces de algún auto que se alejaba a toda velocidad hacia su destino.
Ella había llegado caminando desde el aeropuerto con su padre hasta una de las paradas en Boyeros, con la esperanza de tomar un ómnibus o un taxi, lo que llegara primero. Cansada después de un vuelo agotador y muy retrasado, se sentó un momento en lo que quedaba de un banco, en una parada casi destruida por el tiempo. Cerró los ojos y suspiró suavemente mientras su padre miraba a lo lejos, tratando de divisar algún transporte que pudiera llevarlos a casa.
Abrió los ojos lentamente y buscó con la mirada a su padre para ver si había tenido suerte. Para su sorpresa, no lo vio en el lugar donde lo había dejado segundos antes. Sin alarmarse, se puso de pie, tomó la mochila que llevaba y caminó un poco hacia adelante; quizás su padre se había adelantado a revisar algo.
Se detuvo.
Miró hacia la izquierda.
Hacia la derecha.
Pero no vio nada.
«Quizás dobló en la esquina», pensó, tratando de mantener la calma. Decidió caminar un poco más. No había avanzado mucho cuando escuchó un ruido provenir de una de las casas. No le dio importancia y continuó, pero entonces un extraño aullido la paralizó. Sentía que la observaban desde algún lugar al otro lado de la calle. Una parte de su razón se resistía a mirar hacia el origen de aquel sonido, al que se negaba terminantemente a aceptar como un aullido.
«Esto es como una película de terror. Solo debo ir en dirección contraria al sonido, dirección contraria», pensó.
De pronto, cuando se disponía a poner en práctica su plan de escape, escuchó las pisadas de alguien —o algo— corriendo hacia ella. En ese momento, un espasmo le recorrió toda la columna vertebral. Se encontraba en una de esas situaciones que en el momento parecen inexplicables, y luego no son más que una tontería. ¿Por qué iba a tener miedo si estaba en medio de una calle iluminada?
«Aunque con una luz que parpadea», pensó, siendo un poco negativa.
Suspiró y se dijo que estaba a punto de cometer conscientemente el mayor error de su vida. Se colocó la mochila en la espalda y observó detenidamente a su alrededor. Frente a ella se veía una línea de tren que cortaba la calle en dos, bordeada por una hierba bastante espesa para estar en medio de la ciudad. A la derecha se erguían dos edificios antiguos que parecían lamentar el paso de los años, con capas de cemento caídas que formaban figuras a las que su imaginación dotaba de un aire siniestro. Las puertas de metal parecían chirriar al compás del viento. Era una escena dantesca.
Volvió a escuchar las pisadas, ahora más cerca. Reunió todo su coraje y se dirigió hacia el edificio que tenía frente a sí. Al llegar, decidió rodearlo y descubrió un pasillo lateral por el que una persona podía caminar. Tomó el celular y encendió la linterna cuando el camino se tornó tan oscuro que no podía ver nada. Llegó entonces a un patio que parecía unirse al hierbazal que bordeaba la línea del tren.
Sintió que algo se movía entre la hierba.
«Sentido común», se dijo. «Aquí no hay nada. Regresemos».
Pero el sonido insistió, como pidiéndole que se acercara.
Sorprendida por su propia estupidez, se acercó a las hierbas y, agachándose un poco, miró.
Por unos segundos, se quedó pasmada, inmóvil. Lo único que escuchaba era su propio corazón, latiendo a la velocidad del sonido. Unos ojos amarillos y desafiantes la observaban fijamente.
Ella dio un paso atrás lentamente y salió disparada, corriendo al mismo tiempo que un perro de casi dos metros de altura se abalanzaba sobre ella. Corría desesperadamente; lo escuchaba aullar tras de sí. Miraba de vez en cuando hacia atrás y, sin importar cuánto corría, cada vez lo veía más cerca. Le parecía verlo correr sobre dos patas, amenazándola con las garras de sus patas delanteras.
Estaba exhausta. Sentía las gotas de sudor correr por su frente y caer sobre sus ojos, nublando su visión. Ya no podía más; estaba a punto de darse por vencida. Miró por última vez a su perseguidor y lo vio saltar hacia ella. Le pareció verlo alcanzar la enorme y redonda luna blanca antes de precipitarse sobre su cuerpo… y entonces cerró los ojos con fuerza.
—¡Despierta, despierta!
Abrió los ojos y comenzó a distinguir el rostro de su padre, que sonreía.
—¿Cómo puedes dormir en un lugar así?
Ella se quedó aturdida, y entonces escuchó los ladridos de un pequeño perrito que estaba sentado a su lado.
—Fue un sueño —dijo.
—¿De qué hablas? —preguntó su padre.
—Nada. Pero creo que por ahí viene un auto.
Entonces, ambos vieron acercarse una radiante luz que, en la parte lateral del carro, dejaba ver una calcomanía de un enorme lobo.

