
«¡Me pegué!» fueron las palabras que la recibieron en la puerta de su casa, al llegar desde el patio de sus vecinos.
«¡Coño! Tú siempre ganas, pa’ mí que estás haciendo trampa», continuaron las voces, cada vez más altas. Miró a su alrededor para ver las pequeñas casas de madera que se apretaban unas contra otras en un esfuerzo por mantenerse en pie. El pasillo, frente común para todas las casas, estaba lleno de colillas de cigarros, papeles y otros desechos que le recordaban que se encontraba en un lugar donde se compartían todos los aspectos de la vida, incluso los más vergonzosos.
Sin querer que nadie la detuviera, abrió la puerta con el mismo movimiento seguro que llevaba haciendo desde que podía recordar. Entró en la casa a oscuras y cerró la puerta tras de sí, quedándose en la penumbra, bañándose con la tranquilidad que le brindaban la ausencia de luz y la humedad —provocada por estar la casa en una zona baja y rodeada de muchas otras viviendas. Dejó el bolso encima de la mesa y se volteó hacia el refrigerador, que se encontraba contiguo a la puerta; tomó una botella de whisky que le habían regalado —todavía podía ver el moño rojo en forma de flor ahorcando el cuello de la botella. Tomó uno de los vasos de la vitrina empotrada en la pared a su izquierda, cuyas puertas de cristal mostraban una exuberante colección de vasos y copas. Continuó el camino hasta su habitación con las provisiones en las manos. Antes de abrir, se sirvió un gran trago y empujó la puerta con la punta del pie.
Se quedó quieta, segura de que había omitido un latido de su corazón y de que el aire ya no llegaba a sus pulmones. Frente a ella podía observar a una mujer totalmente desconocida. Llevaba el pelo enmarañado, con rizos negros cayendo sobre los hombros. Su piel mestiza, quemada por el sol, se veía demasiado oscura, con una tonalidad de café con leche. Vestía unos jeans azules desgastados, que amenazaban con romperse por las rodillas y en otros lugares, y una camiseta negra ajustada al cuerpo que dejaba ver los kilos de más en su abdomen. Una camisa rosada a cuadros parecía tener la intención de protegerla del sol, pero solo aumentaba el peso que doblaba sus hombros, haciéndola parecer más vieja de lo que era.
Su rostro tenía una expresión de cansancio que la hizo molestar; sus ojos demostraban desprecio y decepción. El enojo comenzó a crecer desde su estómago, que se retorcía, hasta su cara, en la cual comenzaba a sentir un extraño calor. La mujer frente a ella le hablaba, le recriminaba por ser cobarde, por no ser capaz de tomar las riendas de su vida. Le preguntó si esa era realmente la vida que había soñado cuando se había adentrado a estudiar una carrera universitaria. No podía comprender cómo era capaz de abandonar todas sus ideas antes de terminar, por qué no lograba hacer algo sin estropearlo a mitad del camino, por qué no tenía el valor de enfrentarse a sus propios problemas y se escapaba de todo, tratando de resolver los de otro. «Ni que fueras María Teresa de Calcuta», fueron las palabras que escuchó claramente.
Observó cómo la mujer que tenía frente a sí sorbía un trago de whisky al mismo tiempo que ella. «Patética». Esa palabra resonó en su cerebro, chocando de una esquina a otra, trasladándose por cada terminal nerviosa. Volvió a mirar a la mujer y esta vez intentó defenderse; no le debía explicaciones a nadie, pero por algún motivo no quería que aquella extraña ganara la discusión. Había elegido una forma de vida y, aunque no había nadie con quien compartirla, estaba orgullosa de lo que había logrado. Tenía muchos amigos que daban la vida por ella y una familia que la adoraba. Una carrera y un trabajo. Eso era más de lo que muchos podían pedir.
La intrusa la miró con rabia mientras echaba su pelo hacia atrás con un gesto de la mano que la hizo parecer la malvada de una telenovela; vio rabia en sus ojos. Le gritó que si con eso era suficiente, que si era una persona conformista. No solo era cobarde, sino también incapaz de reconocer sus propias ambiciones. Incapaz de admitir que quería sobresalir, que quería ser lo suficientemente buena en algo como para que las personas la reconocieran. Incapaz de ver que tenía necesidad de atención, de que le dieran a ella en vez de entregar todo de sí sin pedir nada a cambio. De ser una mujer firme, segura de sí misma, autosuficiente. Incapaz de reconocer sus propios defectos, abrazarlos y usarlos en su propio beneficio.
Todo eso era su culpa, por no conocerse a sí misma.
La mujer se calmó, cerró los ojos y suspiró pesadamente. Los abrió y supo que había logrado lo que quería: la había dejado ganar. Sonrió con malicia. Miró detenidamente el vaso de whisky que permanecía en su mano y se lo lanzó con toda su fuerza a la que estaba frente a ella. Entonces, desde el piso, los cristales rotos reflejaron la luz de sus ojos y el movimiento de su cuerpo mientras se alejaba.
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